miércoles, 7 de abril de 2010

...


Caminaba por el parque. Eran las 6 y media de la tarde y las hojas de los árboles, verdes, marrón y naranja, caían a ratos a la tierra. Podía
sentir el viento en la piel. El olor a tierra mojada se sentía a la distancia y del pasto emanaba un exquisito aroma a lavanda y miel. El sol se colaba
entre las ramas e iluminaba todo lo que tocaba tiñiéndolo de naranjo. Todo se veía maravilloso, como de cuento, como si fuera la última vez que
fuera a mirar algo así, como si algo me dijera que nada sería mejor que esto, como si el sol jamás fuera a iluminar de ese modo.
Caminé y caminé, mientras bebía mi café. Una emoción extraña abordaba mi cuerpo, una alegría incontenible, una melancolía inexplicable.
Me senté sobre unas ramas. Un niño se me acercó. Era dulce, dulce y tierno como un cachorro. Me dijo su nombre, que como tantas cosas ya olvidé,
y me afirmó que sería mi amigo. Le dije que cómo podría ser amiga de alguien tan madura como su madre. Pareció no escucharme.
Jugamos durante 7 días, todas las tardes.
Le conté que era feliz, que mi vida estaba plena, que no me hacía falta nada, sin embargo, nada tenía. Me habló con la madurez de un padre, me dijo
que tenía que ser así, que todo estaría bien.
Martes hoy, decidí chequear mis negocios, llamar a mi familia , bañar a mi perro, comprar las verduras, pero no podía. No recordaba dónde estaba
todo, dónde estaban todos.
Corrí y lloré por horas hasta que todas mis dudas se respondieron. Corría por el mismo parque y veía a mi pequeño amigo, se alejaba y no me
oía. Sólo pude quedarme con su imagen impresa en aquella hoja que cayó cuando me tropecé con su animita.

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