miércoles, 7 de abril de 2010

Intuición

Hacía mucho frío esa mañana. Daniela sintió la odiosa musiquita de su celular, sacó su mano de entre las cobijas y sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos, apretó el botón para apagar la alarma. Eran las 6:50. Tomó un polerón, dio un pequeño bostezo, se levantó y se fue directo a la cocina. Una ventana quebrada a la mitad, mostraba el panorama que afuera le esperaba; un hielo que tenía congeladas las plantas de la cocina. Tiritando fue directamente hacia la despensa y la cerró de un golpe, no sacó nada de ella. Pensó por un par de segundos, miró el reloj de la cocina, parecía que cada minuto que pasaba quitaba parte de su alma. Corrió a tomar un baño, rápido, se puso ropa de abrigo, una chaqueta enorme y salió apurada. Era como si de repente se hubiese acordado de lo más importante en su vida. Cruzó una calle, tratando de no caerse por el hielo que había en ella, tomó un taxi y a los 20 minutos se bajó de él, cruzó la calle nuevamente y entró a lo que parecía un bar-cafetería de mala muerte. Estaba tapizado en telas de arañas, polvo en los sillones, y un viejo de un metro de estatura tras el mostrador.

Daniela se sentó, tomó una taza de café, charló un par de horas con el viejo enano, que por su apariencia parecía no haber tenido agua cerca de él en años, ni nadie con quien charlar tampoco, y por un minuto volvió a mirar hacia la nada con preocupación, miró su reloj, pero rápidamente volvió a su actitud normal como si solo fuese un mal sueño lo que la perturbaba.
Después de abandonar el café se dirigió a trabajar, pero cuando llegó nadie la notó, o por lo menos le hicieron sentir como si no existiera. Todo esto siguió así hasta casi el término de la jornada. Nadie pasaba por su oficina, nadie llamaba a su teléfono, ni siquiera a su celular. Parecía invisible el día de hoy. Miró de nuevo su reloj, sintió escalofríos y siguió en lo que estaba.


Francisca miraba a todos lados, no entendía que hacía sentada allí ni porque no había nadie a su lado. No estaba triste ni preocupada, solo observaba. Un enorme y torrentoso río pasaba a su lado, pero tenía suficiente espacio como para no caer en él. A pesar de su corta edad sabía, o por lo menos intuía, que caerse ahí no significaba nada bueno.
3 años de vida no es mucho como para entender cómo llegó hasta ahí. El frío aumentaba a cada minuto y nada parecía apuntar que Francisca estuviera lejos de casa porque jugaba con sus piedritas como si ya lo hubiese hecho antes.
Era gordita, como todos los niños a su edad, de cabellos dorados como la miel, ojos grandes, negros y llenos de vida, tez blanca pero colorada a pesar del frío de ese día. Jugaba alegremente y con una energía y vitalidad que la quisiera todo el mundo.

De repente algo salió mal, por alguna razón que no entendía no podía alcanzar las piedritas con las que antes jugaba. Quizás era muy pequeña como para haberlas movido tan lejos y por eso ya no podía alcanzarlas, pero la verdad era más escalofriante. Francisca miró hacia atrás, algo estaba en su zapato, tenía una cuerda en su pie izquierdo, casi no podía verse por su grosor, que estaba, en un principio, enganchada al muro, pero que con el viento que corría y aún así, sin explicación lógica aparente, ahora se encontraba enganchada a una rama que estaba algo atorada dentro del río.

No sé si Francisca habrá entendido que pasaría más adelante, pero su desesperación era tal que no podía gritar, no lloraba, estaba helada como si hubiese visto un fantasma. La rama cedió.

Daniela miró la hora por última vez, ahora entendía porque nadie la veía, porque ahora era invisible. En ese minuto se dio cuenta que su vida se había ido río abajo.

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